Imagen de archivo de una mujer echándose la siesta.
Imagen de archivo de una mujer echándose la siesta. / HOY

Aquellos tiempos cuando nos echábamos la siesta

  • «Tenía razón, ya que allí, en el pueblo de su padre, la gente dormía dos veces al día, no como ahora que la gente ‘da una cabezada’»

Llegar estas épocas y acordarme de las siestas de mi pueblo, es todo uno. Quizás, en otro tiempo, no había un rito, una costumbre, una necesidad, una obligación, tan cotidiana, tan necesaria, tan sagrada, como la siesta. Aquello eran siestas, y no quedarse un poco traspuesto en el sillón orejero tal y como sucede ahora mientras con un ojo ves el telediario y el otro eres incapaz de despegarle porque se te ha vuelto legañoso.

Las siestas de antes eran de campeonato. Después de haberte comido el puchero de garbanzos con todos sus ‘sacramentos’, jeta de cerdo, chorizo, morcilla gitana, tocino de veta y las ramitas de yerba buena o albahaca (qué olor tan agradable, qué aroma celestial), lo terminabas con un buen azafate de gazpacho o con una sandía calada que, a veces, te la comías sin echar mano de la navaja y te llegaban los ‘churretes’ hasta el codo. Entre eructo y eructo te encaminabas hacia la zona más fresca de la casa, tendías algo en el santo suelo y sobre él desparramabas tu cuerpo. Terminantemente prohibido hacer ruido. Creo que hasta los pájaros de los que se cobijaban entre las ramas de una higuera de algún corral, tenían la delicadeza de piar más bajito. Lo único que se oía era el zumbido de alguna mosca que se empeñaba en no abandonarte en tal menester.

Al cabo de un par de horas te despertabas, medio atontado, como dando tumbos, sin saber si era de día o de noche y mirando la sombra que hacía el sol en la pared para hacerte una idea de qué hora era. Era un reloj que nunca fallaba, ni se adelantaba ni se atrasaba. Era típico decir aquello de: «Dios mío, pero ¿qué hora es? ¡Mira por dónde va el sol en la pared!».

Recuerdo la primera vez que uno de mis hijos, de niño, fue al pueblo. Cuando volvió le dijo a su abuela: «No quiero volver al pueblo de mi padre. Allí la gente duerme dos veces al día». Tenía razón. Allí, en el pueblo de su padre, la gente dormía dos veces al día, no como ahora que la gente ‘da una cabezada’.

Si es que con estas comidas tan ‘limpias’ y ‘saludables’ que comemos hoy en día no te entra ni sueño para echar la siesta. ¡Se están perdiendo las buenas costumbres!

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