Muchas cosas han cambiado en Miajadas en estos más de 50 años / CEDIDA

«Desde la distancia: Y al fin, con 53 años de por medio, nos reencontramos»

Me fue desgranando su vida sin ningún atisbo de tristeza, de reproche, de queja, de amargura

ANTONIO GUTIERRO CALVO

Más de 50 años, concretamente 53, una fotografía en la que aparecen tres personas, con una pequeña leyenda escrita por una de ellas en el reverso, me ha acompañado. No aparezco en la foto. Creo que fue hecha en San Isidro, pero creo. Durante todos estos años he cambiado de casa, de puesto de trabajo, de estado civil, se me ha vuelto el pelo cano, pero esa foto siempre ha estado accesible a la vera de mi mano. ¿Por qué? ¿Representaba alguna ilusión? ¡Vaya usted a saber! Ha habido otras muchas de las que me he desprendido, pero de esa no.

Durante todo este tiempo no había vuelto a ver a una de esas personas. De vez en cuando preguntaba y me iban diciendo algo sobre su vida. En los últimos años mis preguntas eran más frecuentes. Lo que me contaban, o al menos así lo entendí yo, no eran muy halagüeñas. Al jubilarme comencé a frecuentar el pueblo más a menudo, un par de veces por año, pero nunca coincidí con la persona que había escrito la dedicatoria.

Esta última vez, por los Santos, sí hemos podido tener un encuentro facilitado por medio de una amiga común y con su presencia. Encontrarte con una persona al cabo de 53 años de por medio es todo un puntazo. Es muy difícil trasplantar aquella cara, aquella sonrisa, aquella alegría de vivir a la persona con la que me encuentro. Tal vez si nos hubiéramos 'topado' por la calle no la habría reconocido.

Es curioso pero la conversación casi empezó con aquello de Fray Luis de León «como decíamos ayer». ¡Ahí es nada, con 53 años de por medio! Mi manía de preguntar y su amabilidad en contestarme hicieron el resto. Poco a poco me fue desgranando su vida y su situación, todo ello con la misma cara de dulzura que recordaba. Ni un atisbo de tristeza, de reproche, de queja, de amargura. Nada, absolutamente nada, ningún surco, ninguna herida decoraba su rostro. Pareciera que las tristezas, los sinsabores, las desgracias, las tuviera guardadas con siete llaves en algún rincón de su ser para que no salieran a pasear. Poco más o menos así se lo dije, pero respondía con una sonrisa, como si su vida hubiera sido siempre saltar un obstáculo detrás de otro y a todos hubiera dejado atrás. Tal entereza en una persona es digna de admiración y reconocimiento.