Un miajadeño, Juan Antonio Cid, el verano de sus 10 u 11 años / JUAN ANTONIO CID

Desde la distancia: «La idea de vacaciones en los años 50 era muy diferente a la de ahora»

«Después de ayudar en casa, algunos se iban a Los Canchales, otros a bañarse en el pilón de la noria o la Laguna Nueva, y otros, los que más, nos echábamos a la calle a jugar»

ANTONIO GUTIERRO CALVO

Una párvula e ingenua señorita me sugiere la idea de que hable de cómo eran las vacaciones en Miajadas allá por mis tiempos escolares. Sin darse cuenta de que con ello me está diciendo dos cosas: Una, me recuerda lo viejo que soy ¡qué desconsideración!, y dos, la candidez de su planteamiento. ¡Vacaciones! ¿Vaca…… qué? ¿Desde cuándo está esa palabra en el diccionario de la RAE? ¡Qué atrevimiento! ¡Qué osadía!

Por los años cincuenta y tantos; servidor nació en el 48, lo normal era que los chavales y chavalas fueran a la escuela hasta los 10 años, poco más o menos, ya que seguir en la escuela a partir de esa edad no era lo habitual. Una vez que uno había aprendido a leer, a escribir y a 'echar las cuatro reglas', es decir, sumar, restar, multiplicar y dividir, solía haber cierta necesidad de echar una mano en casa. Es lo que se hacía cuando cerraban las escuelas en verano. No recuerdo si entonces se llamaba a eso vacaciones o simplemente que cerraban por la imposibilidad de estar en las aulas por el calor que hacía. Aunque a algunos les parezca mentira no había aire acondicionado ni se le esperaba.

Eso es lo más parecido que servidor recuerda de la palabra 'vacaciones' junto a algún comentario de alguien que decía que tal fulanito o menganito, de los ricos del pueblo, había estado en San Sebastián porque entonces esta ciudad tenía mucho tirón, era de buen tono.

Las vacaciones de la chavalería tenían dos alternativas fundamentales. Una muy común era trasladarse a Los Canchales, la zona de las huertas en donde los que tenían padres hortelanos solían pasar una buena parte del verano -más bien todo- de ahí esas casas que aún quedan y allí ayudar a las labores propias de la huerta con la gran ventaja de poder bañarse en el pilón de la noria (eran tiempos en que no había agua corriente en las casas del pueblo). Y la otra manera, seguramente la más general, era echarse a la calle, ese gran estadio deportivo que siempre estaba abierto y disfrutar con el resto de chavalería. El que tenía un balón era el que más 'amigos' tenía. Si alguien tenía una bicicleta y te la dejaba un rato para aprender, eso era ya la 'releche'. Eso sí, nunca faltaban los baños en la Laguna Nueva con su sempiterno y añorado 'mapa'.

¡Vacaciones, qué atrevimiento!