Antigua escuela del autor del artículo, donde estudió de los 7 a los 10 años / A.G.C.

Desde la distancia: «¿Qué le lleva a uno a volver a su pueblo tras vivir casi toda la vida fuera de él?»

Se añoran los paseos por las calles silenciosas, pasar por la casa en la que uno nació, la visita a la 'Escuela de tía Beatriz' y a la Laguna Nueva

ANTONIO GUTIERRO CALVO

¿Qué le lleva a uno a volver a su pueblo después de haber vivido la inmensa mayoría de la vida fuera de él? Supongo que además de visitar a la familia…, sentimientos, muchos sentimientos; recuerdos, muchos recuerdos. Después de una larga vida de trabajo -43 años ininterrumpidos en mi caso- uno vuelve una y otra vez a la infancia, a la adolescencia. Pareciera que esa vida de trabajo ha sido una vida no vivida, no recordada, una vida que no ha merecido la pena, como una obligación que había que cumplir y ya está. Es esa etapa de hasta los 14 años y sus circunstancias las que te han marcado de una forma indeleble.

Pues sí, desde hace casi dos años no he podido volver, algo a lo que me había acostumbrado desde mi etapa de jubilación y uno lo echa en falta. Se añoran los paseos por las calles silenciosas mientras contemplas como alguien te observa sentado en una camilla detrás de la cristalera protegida mientras desliza su mirada por tu figura. Te gusta mirar esas puertas semiabiertas de los paradores llenas de macetas. Disfrutas deambulando sin rumbo calle arriba calle abajo mientras oyes el piar de los pájaros y te ciega esa luz que sale de un cielo azul esmerilado. No falta nunca pasar por la casa en la que uno nació y que permanece como embalsamada ¿será una casa de verdad o será una de cartón piedra como esas que ponen en las películas del Oeste? Tampoco falta mi visita a la 'Escuela de tía Beatriz' con esa puerta que sigue igual que siempre demostrando que la madera es un material noble y duradero. ¿Cuántos niños de Miajadas habremos aprendido allí a leer y a 'echar' las cuatro reglas?

Ni mucho menos faltará mi visita a la Laguna Nueva para poner los pies en la piedra del mapa y contemplar, a lo lejos, tras la colina, la iglesia de Escurial. Disfrutar de la contemplación de las espaciosas, variadas y bien cuidadas instalaciones deportivas de nuestro pueblo y, cómo no, no podía faltar el degustar unos desayunos y unos chatos de vino en ese lugar llamado La Alquería en la que siempre he disfrutado de un buen trato y de su excelente parroquia que me ha tratado con cariño, excepto la primera vez que aparecí por allí que me tomaron por inspector de trabajo.