Don Enrique Gómez (Izq) y don Agustín Cornejo (dcha) llegaron a Miajadas en el año 68 / smp

Desde la distancia: 'La vida de don Agustín, digna de un libro'

El intento porque su perspectiva humana, social, económica y evangélica fuesen recogidas finalmente no pudo ser

ANTONIO GUTIERRO CALVO

Lo intenté, pero fui derrotado en toda regla. Hablé con unos, con otros y con otras, pero nada, no fue posible. A todo el mundo le parecía una idea estupenda, incluso el propio interesado se mostró de acuerdo, al menos así me lo hizo saber las veces que hablé con él. También es verdad que en cierta ocasión le propuse la idea a alguien con cierta posición cultural y barrunté que, eso sí, muy amable y suavemente, me vino a decir eso de 'no te metas en esas cosas que ya «tenemos» alguna otra idea sobre el particular'. Que yo sepa nada se hizo.

La verdad es que Agustín, don Agustín para mí, nos dejó un día de estos y todo el mundo se lamenta y llora su ausencia. Le conocí hace unos cuatro años, no más, había oído hablar a mi familia y amistades de 'los curas del pueblo'. Tuve largas conversaciones con él, fundamentalmente de cuestiones teológicas. Al enterarse de que servidor había cursado tres años de teología a través de los dominicos de Salamanca le picó la curiosidad y pusimos encima de la mesa ciertas cuestiones. Me recomendó alguna lectura que otra y le hice caso. Sin duda era un hombre profundamente creyente al que Dios, según él, le había ayudado y dado aliento en momentos difíciles.

Simplemente pretendí en su momento que su vida, su visión, su perspectiva sobre Miajadas y sus habitantes, tanto humana, social, económica y evangélicamente fuera narrada a través de un libro de entrevista que alguien como producto de una tesina, o de un trabajo encargado expresamente, le hubiera realizado. Una persona que llegó al pueblo allá unos años después de la finalización del Concilio Vaticano II concluido en 1965. Que sustituyó en la responsabilidad, nada más y nada menos, a toda una institución como don Juan, creo que tendría mucho que contar. La visión desde atalaya tan privilegiada desde la que nos contempló me parece que era un tesoro que no debería de haberse perdido. Sería una historia vivida desde la óptica de una persona que se había mezclado con el pueblo, con ricos y con pobres, con creyentes y no creyentes. Espectador y actor privilegiado en muchas de las iniciativas de nuestro pueblo. Desgraciadamente ya no es posible.

Siendo tristeza, una profunda tristeza. Creo que ha faltado algo de sensibilidad. Pero la vida no retrocede.

¡Agur Agustín!