Pasa el tiempo y las modas, pero 'el parador' y las golondrinas no cambian en Miajadas

Pasa el tiempo y las modas, pero 'el parador' y las golondrinas no cambian en Miajadas

ANTONIO GUTIERRO CALVO

Pasa el tiempo, pasan las modas, todo se renueva, se modifican las costumbres, pero hay un par de cosas en Miajadas que casi no cambian o permanecen prácticamente inalterables. Se resisten a modificar su esencia, se resisten a morir como si fueran dos señas de identidad que identifican, de alguna manera, a Miajadas. Una son los vencejos, aviones y golondrinas que con su parloteo incesante dan vueltas y cabriolas entorno a la iglesia de Santiago y la otra es el «parador», esa parte de la casa de los agricultores que durante toda la vida ha sido la puerta de entrada y la sala de estar de la familia del agricultor.

Cada vez que paso por los alrededores de la iglesia Santiago allí están esas aves, esos «pajaritos», dando vueltas y más vueltas en torno a ella, hoy igual que ayer, igual que mañana, con su incesante ir y venir, subir y bajar, con esos sonidos incesantes como si fuera una orquesta mal avenida y peor dirigida. Ahora, suben, ahora bajan, persiguiendo a unos insectos invisibles, imposibles de seguir con la mirada. Lo único que ha cambiado es que antes algunos nos entreteníamos tratando de abatirles con unas cañas en cuyo extremo superior atábamos unos alambres y cuando se acercaban en vuelo bajo tratábamos de asestarles un mandoble que les hiciera morder el polvo a algunos de ellos. Hoy, siguen dando vueltas, siguen con su parloteo sempiterno pero ya no tienen el enemigo de la caña en ristre.

El «parador» ha sido por donde han entrado las personas, los animales, los productos, los carruajes, las visitas, en resumen la vida. La puerta de entrada a la casa ha permanecido siempre cerrada únicamente abierta al médico, al practicante y poco más. Además de todo ello el «parador» ha sido lugar de estancia, de sociabilidad con los vecinos, de sala de estar, de tanatorio cuando la muerte visitaba la casa. En él se hacían las labores propias de la casa del agricultor, se comentaban las cosas de la vida quizás con el sonido de fondo de una radio que ofrecía seriales, la señora Francis o Radio Andorra. Lugar de cuchicheos, de rumores, de habladurías. Tanto las unas como los otros ahí están viendo pasar el tiempo, como la Puerta de Alcalá, como un mundo que se resiste a morir, como un notario dando fe de un tiempo determinado.

¡Que duren!